La idea central de este escrito es ¿como construir un reto qué nos permita navegar hacia el mismo destino donde se dirigen las nubes? No se quiere entonces un plan de actividades, ni una ruta segura, por el contrario, menos que predecir la ruta, lo que queremos es pulir unos buenos lentes para circular a través de la incertidumbre y hacernos desde ella un recurso de autoformación y formación.
Desde el entorno social que nos acompaña, se perfilan otros aventureros que circulan por estos predios y se puede hacer algún contacto con ellos para unificar o diferenciar fuerzas, lo que no podemos hacer es convertirlos en guías o adversarios, o convertirnos en eso, pues entonces devaluamos el sentido de la aventura que reside en cada acto creativo.
Circular en el mundo educativo es navegar por el centro de las corrientes sociales que constituyen en un momento y cultura determinados la percepción de la realidad.
El poder, lo ciudadano, la religión, la política, lo económico, la filosofía y la ideología son marcas testigos de los umbrales de hasta donde tenemos que interpretar para poder lograr al hombre que creará los escenarios que impulsarán las dinámicas del futuro.
Me esmero en esta categoría, para dejar clara la idea de que la educación no es un proceso de socialización para sostener el orden existente, sino que es una fuerza renovadora de la sociedad, proponiendo constantemente la creación de un nuevo orden.
Esta figura puede producir una falsa interpretación, en donde el presente se convierta en futuro, siendo que lo realmente sano para la sociedad y los miembros que la habitan en un momento determinado es que el futuro se convierta en presente.
Este axioma debe aplicarse a todas las entidades sociales, para en consecuencia obtener la riqueza invalorable que representa el intangible de la creatividad social como activo principal de los recursos para el desarrollo.
Centrados en estos parámetros, debemos comenzar en este texto por intentar desglosar, aunque sea discretamente, la conformación filosófica de la sociedad en la que estamos produciendo nuestras ideas, la que nos proporciona la atmósfera y la alimentación intelectual que nos permite participar en el mundo del conocimiento.
La sociedad en la que vivimos actualmente desprende sus explicaciones y por lo tanto sus tratamientos mentales desde una encrucijada filosófica que está marcada: por una parte por la ya conocida filosofía positivista y por la otra por la filosofía postmoderna, como respuesta emergente para resolver o explicar las realidades que nos están tocando vivir o protagonizar.
La filosofía positivista se desprende desde los postulados de Augusto Comte en la mitad del siglo XIX y surge como respuesta a los agudos acontecimientos que se concentran en el primer tercio de aquel siglo. Sus postulados se basan en lo que él llamó la explicación material de las cosas, una epistemología que desprendida de las explicaciones de las ciencias naturales intenta trasladar el mismo método a los fenómenos sociales.
La aparición en 1844 del texto de Comte “Discurso sobre el espíritu positivo” coincide con las grandes revueltas sociales que dieron al traste con algunas monarquías europeas, la disolución de los lazos coloniales entre Europa y América, la aparición de teorías naturales como “Ensayo sobre el principio de la población” de Thomas Malthus en 1798 y “El origen de las especies” de Charles Darwin en 1859.
La educación heredada por nosotros, que es el tema que nos reúne, pasa entonces por todos estos movimientos, filosóficos, sociales y teóricos y se acomoda a las prácticas que la sociedad impone.
Una sociedad que viene desde los temores religiosos, o lo que Comte llamó el primer estadio y desde las explicaciones abstractas como el idealismo y que Comte llamó el segundo estadio. Esta explicación viene dada desde una de las grandes urbes europeas, por un habitante que como todo parisino de la época vive en la capital del hacinamiento urbano, pero que también es un lugar donde la tradición de La Sorbona patrocina el nacimiento de nuevas expresiones filosóficas escritas con tinta, mientras que la población llana escribe con sangre y fiebre las mas crudas expresiones sociales.
Así coinciden en esa ciudad las exquisitas líneas de la novela filosófica “El Emilio”, texto base por un buen tiempo de la filosofía educativa que se desparramó por buena parte de Occidente, casi al mismo tiempo que la población se levantó contra el poder monárquico, protagonizando la toma de la bastilla y dando paso a la asamblea nacional francesa, en donde Jacobinos y Girondinos desperdiciaron el génesis de la democracia europea para caer en el golpe de estado del 18 Brumario liderizado por Napoleón Bonaparte.
En lo educativo hay que apuntar que en el desarrollo de la teoría pedagógica, luego de Rousseau, destacan entre otros sobresalientes: desde suramérica Simón Rodríguez y su concepto de educación popular y para el trabajo en el primer tercio del siglo XIX, desde Italia la médico María Montessori con su “Método de la Pedagogía Científica” en 1909, desde Estados Unidos el psicólogo Jhon Dewey con su corriente de educación humanística plasmada en “Educación y Democracia” en 1916, desde la misma Francia Émile Durkheim, con su obra “Educación y sociología” publicada post morten en 1917, desde Suiza Jean Piaget con “La relación entre la inteligencia y la afectividad en el desarrollo del infante” en 1954 y “La Teoría de Piaget , monografías sobre infancia y aprendizaje” en 1970, desde Brasil Paulo Freire con “Pedagogía del Oprimido” y su pedagogía crítica y de acción social también en 1970 y finalmente desde Rusia Lev Vigotski con su “Pensamiento y lenguaje” publicado post morten en 1978 casi 50 años después de su muerte.
Basado en estas tendencias es que se configura la filosofía educativa que nos determina, la cual debemos poner en duda para poder desestructurar los hilos conductores del piloto automático social que llamamos sentido común y que aplicamos por inercia o comodidad sin darnos cuenta de que el pasado se nos vuelve presente y futuro.
La ceguera frente a la necesaria renovación en todos los ámbitos humanos, puede incluso llegar a justificar la conservación de los viejos paradigmas como un acto en donde la antropología cultural originaria nos protege de los cambios sociales vertiginosos que propician los medios de comunicación como nuevos actores del modelaje social, o más extremos aún, acudir al pasado para derrocar los controles y poderes del presente, tal como ocurre en la Venezuela del siglo XXI.
Esta titánica tarea de rehacer la educación ocurre en el marco del mundo real y por lo tanto puede ser y es colonizada por todos los intereses que hacen vida en la civilización humana, el cuidado del docente en este sentido es poner en su exacto lugar a todos los intereses participantes y centrarse en el objetivo que debe inspirar a la educación.
Las amenazas más exquisitas en este sentido son algunas formas de la política, la economía y la religión entre otras y los aliados más importantes son las mejores expresiones de la filosofía y la pedagogía también entre otras.
Tal como lo sugiere el título de este texto, dedicado a las energías para nacer hacia el futuro, existe en estos momentos la opción de la filosofía emergente de la postmodernidad, con la cual a juicio de quien escribe podemos crear estupendos instrumentos de trabajo para asumir una acción educativa autónoma y creativa.
La postmodernidad es la respuesta teórica a los desmanes que vivió el mundo después de la segunda guerra mundial y las demostraciones de destrucción que cada uno de los bandos en pugnas tenía para someter al contrario. Tanto el mundo militar como el político entendieron que la única fórmula de paz duradera era impedir la acumulación de poder en élites gobernantes y para ello la más sólida salida era un ampliado y eficiente sistema educativo, capaz de de desmoronar la roca del poder y convertirla en la arenisca que Michel Foucault llamó las micro estructuras de poder.
La postmodernidad es también la respuesta al desgaste de la razón moderna que las élites intelectuales y del poder montaron a partir de “El discurso del método” de René Descartes de 1633, la “Crítica de la Razón de Pura” de Inmanuel Kant de 1781 y del “Discurso sobre el espíritu positivo” de Augusto Comte cincuenta años después, entre otros títulos concluyentes a la síntesis de la modernidad.
Terminada la guerra, las élites de poder y las élites intelectuales estaban obligadas a huir hacia delante y buscar en el futuro las soluciones de los problemas del presente, en el caso de la filosofía esto ocurrió con un movimiento intelectual contestario a la filosofía moderna, nacido de una multifonía de espacios de creación intelectual y de los nuevos estatutos y divisorias nacionales, dando al movimiento un perfil tan caótico como el caos y la incertidumbre que propugna.
Aunque es usado ubicar el origen de la postmodernidad en la arquitectura, el arte y las letras, quien escribe prefiere establecerlo desde Ilya Prigogine, premio nobel de química 1977, precursor de la teoría del caos a partir de sus estudios sobre la termodinámica y su conclusión sobre las estructuras disipativas.
Habida cuenta, que la categoría disipativa es componente fundamental de la teoría del caos, aparece como prudente explicar que se entiende por disipación de acuerdo al juicio de Ilya Prigogine quien en este caso inspira la categoría.
Una estructura disipativa es aquella que cuando entra en contacto con el entorno se hace a él de tal forma que ya nunca más será la misma, esto quiere decir que la relación de esa estructura con otra es irreversible para todas las estructuras comprometidas.
Cuando una estructura de pintura negra se une a otra de pintura blanca y se obtiene una nueva estructura de pintura gris, tanto la blanca como la negra se han disipado, debido a la condición irreversible.
La cuestión se hace más compleja cuando hablamos de estructuras dinámicas, digamos un remolino, el funcionamiento de un motor o la vida misma, entonces la clave está en la entropía que se genera entre el aporte y desgaste de la energía.
Tanto más equilibrio existe, menos entropía y más ordenada es la estructura, tanto menos equilibrio, más entropía y más disipativa es la estructura. La conservación o rescate de la entropía de los cuerpos es lo que produce la condición impredecible y en consecuencia para el manejo del asunto se requiere de la teoría del caos.
Para verlo en la sociedad en que vivimos y en el ámbito de formación que nos reúne en este texto, puedo dirigirme al concepto de opinión pública e indicar que ella es una síntesis producto de la carga de entropía de todas las estructuras confluyentes que la componen, así la familia y su modelaje, la vecindad y sus diálogos, la escuela y sus enseñanzas, las iglesias y sus predicas, los sectores productivos y su lucha por los recursos, los medios de comunicación y sus representaciones y las entidades públicas y sus actos y formulaciones, poseen una carga energética de alta capacidad de trabajo o alta entropía y debe generar una conclusión -la opinión pública- que para nada debe ser final y que como puede estar continuamente alimentada por las entidades descritas, jamás se estabiliza, sino que por el contrario se disipa.
Cuando esto ocurre y la opinión pública se convierte en un agente de transformación social, entonces hemos creado la sociedad civil y todo el circuito de la termodinamia social vuelve a comenzar, la opinión pública convertida en sociedad civil se convierte en el aire, el agua y la presión del remolino, en la gasolina del motor o en el sol que nos da la vida.
Si la opinión pública se convierte en el producto final, la energía en ella solo la alimenta en sí misma, mas no es capaz de dar movimiento y por lo tanto se obtiene el equilibrio sumiso, el silencio, la opresión.
Nuestra misión entonces como docentes dinamizadores de los ciudadanos que construirán el futuro, es intervenir esa opinión pública para convertirla en sociedad civil y cargar de sentido de cambio social a la dinámica social. Esto es definitivamente otra visión de la educación, una que va más allá de la vieja visión “estudia para seas alguien el día de mañana” y nos invita a decir “estudia para que construyas el día de mañana”
El filósofo Jürgen Habermas desde la teoría crítica post estructuralista, concibe a la opinión pública como un debate que se delibera sobre las críticas y propuestas de diferentes personas, grupos y clases sociales dentro del espacio público, pero agrega Habermas que ésta puede ser estabilizada o controlada por la razón, lo que yo traduzco en consecuencia como perdida de entropía y cosificación, para entrar en declive o en el equilibrio no deseado para una dinámica social.
En esta cosificación puede participar la comunicación interesada de lo económico, conocida como publicidad, las expresiones extravagantes de los grupos marginados o incomprendidos como el movimiento gay o la vanguardia del arte moderno, la comunicación manipulada de la política que llamamos propaganda, la enseñanza vacía de valores de una escuela devaluada que llamamos instrucción, el modelaje fingido, superficial o vacío de interés fraterno de la familia desconfigurada que se convierte en una unidad material proveedora o mal proveedora de alimentos y cobijo, de unos medios de comunicación alterados por el poder político o económico que cambian el sentido de la verdad y la libertad en la lucha por su superviviencia material, de unas iglesias distraídas del sentimiento profundo del hombre en su constitución espiritual, de un sistema productivo que equivocado en sus valores originarios confunde al hombre con otro recurso productivo o unas instituciones estadales y gubernamentales contaminadas por la supervivencia política del partido o élite gobernante, que se dedican apenas a emanar mensajes de sumisión depredadora de la creatividad y el riesgo, asesinando entre todos y antes de nacer a los alimentos intelectuales necesarios para que la sociedad alcance el futuro.
Para todos estos peligros necesitamos una sociedad que funcione con abundantes energías sociales, cargada de entropía, diseminada por el caos y produciendo estructuras disipativas que garanticen el acercamiento al futuro.
La línea de deseo, o para decirlo en el mismo lenguaje químico en el que me estoy sosteniendo, la atmósfera de deseo que se busca es la autonomía personal, la libertad consciente, la participación con herramientas adaptadas para la época y con cultura de amplio espectro que permita verificar los colaterales de la participación social que cada individuo debe tener.
Ahora bien, las amenazas más importantes vienen de las desviaciones de la política, la economía y la religión en el logro del interés educativo autonómico, libertario y creativo del ciudadano.
Sucede que las tres amenazas señaladas tienen en común el interés por la membresía como base de sustentación de su existencia primero, y de su preponderancia después. Por lo tanto las tres entidades acuden a la herramienta educativa para ganar adeptos.
El caso es que en realidad no hay otra forma de ganar adscripciones que no sea a través de la conciencia que sobre un asunto otorga la educación, pero tiene que ser una educación que parta de la ética de que el educando está conociendo algo que puede tomar o rechazar.
Esta modalidad educativa, más que una enseñanza o un aprendizaje, debe ser una voluntad que nace del saber general del individuo y el interés particular que se puede cultivar sobre el asunto. Eso es sustancialmente diferente al resto de los aprendizajes, pues el familiar, vecinal y parte del escolar cubren el espacio valórico, el cual es de llenado obligatorio para la existencia, mientras que los aprendizajes de orden conceptual y operativos en los que se especializa la escuela en todas sus formas y niveles son de suscripción básica y diferenciada y se usan para poder enfrentar con propiedad el espacio social en el que a cada individuo le tocará participar. En todo caso todos estos actos educativos no conducen a una adscripción sino a una competencia para participar, ya sea en lo valórico general social o en lo operativo segmentado o especializado dentro de las mismas exigencias que establece la realidad social.
La política y la economía son dos atributos teóricos que configuran en la actualidad a ideologías que tienen tomado el sistema de educación de los ciudadanos para ganar adscripciones y obtener las prebendas propias de la demostración del interés por aumentar la membresía a las diferentes opciones de las modalidades existentes.
La acción ideológica, casi alienante para convencer a los sujetos del apego a fórmulas políticas y/o económicas que sostienen o ganan el poder de controlar las sociedades, sus recursos o la acción social, que en forma más sutil constituyen la simpatía por un modo político o de producción determinado, con los cuales se garantizan la hegemonía o las ganancias de la élite que controla los medios políticos o de producción, son las dos amenazas más poderosas que se ciernen hoy en día sobre la educación.
La religión o mejor dicho el trabajo de las iglesias, el cual también es propagandístico, actualmente, a excepción de los estados islámicos y judios, ha bajado la presión sobre las escuelas y se ha convertido en una opción posible de ser manejada por la familia representante e incluso la escuela, con respeto a la diversidad religiosa y la intimidad de fe cada individuo.
Contrarrestar la alienación político-económica que corre a través del poder como dimensión más interesada en el control que en el progreso personal es una misión ineludible del docente, por lo tanto tenemos que cultivarla primero en nosotros los formadores de docentes y luego en los docentes que multiplicarán en el espacio, esta misión social.
Pero el reto no se queda en conseguir ese perfil docente, pues al momento de él salir de la incubadora formante será atropellado por las energías equivocadas de la alienación político – económica que campea en los escenarios escolares y en el sentido común de docentes, representantes, comunicadores sociales, empresarios y gobernantes, confiscando el discurso y la acción renovadora a tal punto que nuestro egresado se enfría, se equilibra con esa cultura dominante y pierde la fuerza entrópica que puede determinarlo a luchar por largas jornadas.
Por esta razón, nuestro reto curricular tiene que saltar el límite de los 50 ó 55 cursos que debe aprobar nuestro egresado y tiene que incluir además el trabajo directo con la gente, convirtiendo al docente en un perturbador de la sumisión de la opinión pública, calentando esa energía para otorgarle fuerza entrópica capaz de realizar trabajo transformador.
Las confusiones actuales, producto de la alienación que cultiva el sistema de poder para entronizar el o los capitalismos y el o los socialismos, son la base del problema educativo y por ende del problema social. El secuestro de la libertad de la gente apresando sus conciencias es el centro de las pobrezas, la principal necesidad de la gente recordando a Manfred Max Neff en su texto “Economía Descalza” no es el tener, sino el entender y participar.
De ahí se desprende todo, al momento que las sociedades se dedican a crear satisfactores para estas necesidades la sociedad progresa y se desarrolla, sin entender por estas categorías la cantidad de edificios y autopistas existentes, sino la cantidad de ciudadanos de calidad que pueden convivir en esa nación.
Los casos de Noruega, Suecia, Suiza y otras naciones europeas, en donde el socialismo se basa en la calidad de la gente y los satisfactores que exigen o se generan, sirven para alimentar este planteamiento como válido, o al menos como soñable para nuestra sociedad.